Σελίδες

Monday, February 2, 2026

Por qué debemos defender a Cuba a toda costa

Por Nikos Mottas 

La reciente escalada de amenazas brutales y medidas coercitivas contra Cuba por parte de la administración Trump marca una nueva fase de una política que no es ni accidental ni episódica.

El endurecimiento de las sanciones, el ataque a los suministros de combustible, la intensificación de las restricciones financieras y la retórica abierta de intimidación constituyen en conjunto una agudización deliberada de la guerra económica contra el pueblo cubano.

No se trata de un desacuerdo diplomático ni de un ajuste táctico dictado por cálculos coyunturales. Es la continuación, en condiciones contemporáneas, de una estrategia imperialista de largo aliento cuyo objetivo se ha mantenido inalterado durante más de seis décadas: asfixiar a la Cuba socialista y forzar su capitulación política.

Lo que se desarrolla hoy debe entenderse en el marco más amplio de una ofensiva imperialista generalizada, que toma forma en condiciones de profundización de la crisis capitalista. La coerción económica, los regímenes de sanciones y las medidas extraterritoriales se han normalizado como instrumentos del poder de clase a escala global. En este contexto, Cuba no es un objetivo aislado, sino un objetivo estratégico. El ataque contra Cuba funciona simultáneamente como castigo y como advertencia: castigo a un pueblo que se atrevió a romper las relaciones de dependencia y a expropiar el capital, y advertencia a todos los demás sobre las consecuencias de intentar una ruptura similar.

Para comprender por qué Cuba debe ser defendida a toda costa, es necesario ir más allá de los llamamientos morales o de las expresiones abstractas de solidaridad. Lo que está en juego no es la simpatía ni la defensa de una causa lejana. Es una cuestión de poder de clase, de desarrollo histórico y del equilibrio de fuerzas entre el imperialismo y la clase trabajadora internacional.

El análisis de Lenin sobre el imperialismo sigue siendo indispensable precisamente porque disipa ilusiones. El imperialismo no es el producto de gobiernos particularmente agresivos ni de dirigentes equivocados; es la forma necesaria que adopta el capitalismo en una determinada etapa de su desarrollo, cuando el monopolio y el capital financiero dominan la vida económica y requieren una imposición política y militar. En este marco, la existencia de un Estado socialista es intolerable no por su retórica, sino por su práctica material. Cuba no se limitó a sustituir una dirección política por otra en 1959. Desmanteló relaciones de dependencia, expropió el capital extranjero y afirmó la propiedad social sobre los sectores decisivos de la economía. Al hacerlo, interrumpió los mecanismos mediante los cuales el imperialismo extrae valor, disciplina el trabajo y reproduce su dominación.

La respuesta fue inmediata y sistemática. El bloqueo, el sabotaje, los atentados terroristas, el aislamiento diplomático y la guerra ideológica no fueron reacciones improvisadas. Fueron los instrumentos previsibles de un sistema que no puede coexistir con alternativas. El imperialismo no tolera excepciones; busca borrarlas.

El bloqueo contra Cuba ha funcionado siempre como un mecanismo contrarrevolucionario permanente. Su lógica nunca ha sido la conquista militar, sino la erosión social. Al restringir el acceso a la energía, los medicamentos, las piezas de repuesto, la tecnología, el crédito y el comercio, el imperialismo pretende alterar la reproducción misma de las relaciones sociales socialistas. Por eso los objetivos no son indicadores abstractos, sino las condiciones concretas de la vida cotidiana. La escasez se convierte en un arma. La infraestructura se somete a tensión. El transporte, la producción y la distribución se obstruyen deliberadamente. El tiempo, el agotamiento y la incertidumbre se transforman en herramientas políticas. La expectativa no es que el socialismo sea derrocado por la fuerza directa, sino que colapse bajo la presión acumulada de las privaciones materiales.

Fidel Castro advirtió reiteradamente que el imperialismo intentaría derrotar a la Revolución no solo mediante la agresión abierta, sino mediante el desgaste. Pero también subrayó que la resistencia en tales condiciones reconfigura la conciencia. La dificultad, cuando se interpreta correctamente, no produce automáticamente resignación ni derrotismo. También puede producir claridad. En este sentido, la resistencia de Cuba bajo asedio no es una supervivencia pasiva; es una lucha ideológica permanente, librada en condiciones deliberadamente hostiles.

Los logros sociales de Cuba suelen presentarse como éxitos aislados o anomalías estadísticas. Este enfoque oculta su contenido político. La sanidad universal, la educación gratuita, el desarrollo científico, el acceso a la cultura y la seguridad social no son resultados neutrales. Son el resultado directo de la propiedad social, la planificación central y el ejercicio del poder de la clase trabajadora. Bajo el capitalismo, incluso en sus formas más desarrolladas, estas garantías siguen subordinadas a la rentabilidad. Bajo el socialismo, se convierten en principios organizadores. La experiencia cubana demuestra, en la práctica y no solo en la teoría, que una producción organizada para el uso social y no para la acumulación privada no es una aspiración utópica, sino una alternativa histórica viable.

La insistencia del Che Guevara en las dimensiones morales y conscientes de la construcción socialista es central para comprender este proceso. Su énfasis en la responsabilidad colectiva, la motivación social y la transformación de las relaciones humanas no era un adorno ético. Reflejaba una comprensión materialista de que el socialismo no es simplemente una reorganización de las formas de propiedad, sino una lucha por superar la lógica social heredada del propio capitalismo.

La orientación internacionalista de Cuba surgió de esa misma claridad. No fue una postura moral opcional, sino el resultado de una evaluación política sobria. Como Lenin advirtió repetidamente, la existencia de un Estado socialista en aislamiento, rodeado por un sistema mundial imperialista, implica inevitablemente una presión inmensa y costos muy elevados. La solidaridad internacional, por tanto, no es generosidad; es una condición de supervivencia. El apoyo de Cuba a las luchas anticoloniales, sus misiones internacionalistas y sus brigadas médicas no se realizaron en condiciones de abundancia, sino de escasez. Fueron actos de realismo político, basados en la comprensión de que la fragmentación es el arma más eficaz del imperialismo y de que la solidaridad, incluso cuando es costosa, fortalece la resistencia.

Precisamente por eso Cuba ha sido atacada con tanta saña. El internacionalismo socava la estrategia imperialista del aislamiento. Expone el carácter global de la explotación y refuerza la capacidad subjetiva de los pueblos oprimidos para resistir. El ataque contra Cuba no es, por tanto, solo un ataque contra un país concreto, sino contra el principio mismo del internacionalismo.

La defensa de Cuba concierne directamente a la clase trabajadora internacional. El mensaje que transmite la agresión imperialista es inequívoco: cualquier intento de abolir las relaciones de propiedad capitalistas será castigado sin piedad. El objetivo no es solo derrotar materialmente a Cuba, sino presentar su derrota —si se lograra— como prueba histórica de que el socialismo es imposible. Un desenlace así tendría consecuencias mucho más allá del Caribe. Profundizaría el derrotismo, envalentonaría a las fuerzas reaccionarias y reforzaría la hegemonía ideológica del capital en un momento en que el propio capitalismo entra en una fase de inestabilidad intensificada.

En este punto, la significación histórica de Cuba debe abordarse sin evasivas. Las derrotas contrarrevolucionarias de 1989-1991 y la disolución de la Unión Soviética marcaron un profundo retroceso en el equilibrio global de fuerzas de clase. No significaron el “fin del socialismo”, pero sí redujeron drásticamente el terreno de la construcción socialista. En las décadas posteriores, la clase trabajadora internacional se ha enfrentado a un mundo en el que la transformación socialista ha sido abandonada, distorsionada o abiertamente revertida en la mayoría de los lugares.

Es precisamente en esta ruptura histórica donde el papel de Cuba adquiere un peso excepcional. A pesar de su pequeño tamaño, a pesar de la asfixiante presión imperialista y a pesar de contradicciones y dificultades innegables, Cuba sigue siendo el único ejemplo vivo de un país que continúa intentando la construcción socialista sobre la base de la propiedad social, la planificación y el poder de la clase trabajadora, y no sobre la dominación del mercado y la acumulación capitalista. Este hecho no es un juicio moral; es una realidad política objetiva.

Los intentos de oscurecer esta realidad mediante falsas equivalencias no sirven a ningún propósito emancipador. La restauración capitalista disfrazada de terminología socialista, o los sistemas dominados por relaciones de mercado y acumulación de capital, no pueden sustituir a la construcción socialista. Tampoco pueden hacerlo formas de supervivencia estatal que no sitúan en el centro la transformación de las relaciones sociales. Sean cuales sean sus diferencias, esos casos no alteran la verdad histórica fundamental: Cuba permanece hoy como el único punto de referencia vivo del socialismo como proyecto en marcha, no como pieza de museo ni legado retórico.

Por esta razón, la defensa de Cuba no es simplemente un acto de solidaridad con un pueblo asediado. Es un acto de responsabilidad estratégica hacia la clase trabajadora internacional. Permitir que Cuba sea aplastada, aislada o forzada a capitular no representaría solo la derrota de un país. Sería utilizado para sellar el relato de que el socialismo pertenece irrevocablemente al pasado, de que la historia ha cerrado definitivamente ese capítulo.

Defender a Cuba es rechazar ese relato en la práctica. Es afirmar que el socialismo no es un capítulo cerrado de la historia, sino una necesidad nacida de las propias contradicciones del capitalismo, contradicciones que se profundizan en lugar de desaparecer. Es defender la posibilidad histórica de que la clase trabajadora siga siendo capaz de organizar la sociedad sobre bases distintas, incluso bajo condiciones de presión extrema.

Por ello, la solidaridad con Cuba no puede ser episódica, simbólica ni retórica. Debe ser organizada, política y confrontacional. Debe cuestionar la legitimidad del bloqueo, denunciar el carácter criminal de la guerra económica y movilizar a las fuerzas de la clase trabajadora contra la agresión imperialista. Para los partidos comunistas y obreros, no se trata de una cuestión de preferencia. Es una prueba de internacionalismo. En condiciones de agresión imperialista, la neutralidad no es una posición intermedia. El silencio se alinea objetivamente con el agresor.

El capitalismo actual está marcado por contradicciones estructurales profundas y cada vez más agudas: inestabilidad económica crónica, recurso permanente a la militarización y la guerra, formas crecientemente autoritarias de gobierno, devastación ecológica y desmantelamiento sistemático de los derechos sociales y laborales. Estos fenómenos no son desviaciones accidentales de un sistema funcional, sino la expresión madura de los límites históricos del capitalismo. En esta fase, las clases dominantes no se limitan a gestionar crisis; intentan reorganizar la sociedad de manera que suprima de forma permanente la posibilidad de un desafío sistémico.

En estas condiciones, toda alternativa viva se vuelve intolerable. Toda experiencia histórica que contradiga el relato de la inevitabilidad capitalista debe ser eliminada, neutralizada o convertida en una reliquia inofensiva. Es en este sentido que la existencia continuada de Cuba como proyecto socialista adquiere una importancia decisiva. No porque reclame perfección, sino porque persiste como una negación concreta de la lógica capitalista.

Para comprender plenamente esta importancia, es necesario confrontar directamente la ruptura histórica producida por las derrotas contrarrevolucionarias de 1989-1991 y la disolución de la Unión Soviética. Aquella derrota no marcó el “fin del socialismo”, como proclama sin cesar la ideología burguesa. Marcó un retroceso profundo en el equilibrio mundial de fuerzas de clase, cuyas consecuencias siguen presentes. Desde entonces, la construcción socialista ha sido abandonada, revertida o profundamente distorsionada en la mayor parte del mundo.

En este paisaje post-contrarrevolucionario, Cuba ocupa una posición objetivamente única. A pesar de su pequeño tamaño, de la presión imperialista implacable, de la escasez material y de las contradicciones internas, Cuba sigue siendo el único país que persigue la construcción socialista sobre la base de la propiedad social, la planificación y la primacía del poder de la clase trabajadora frente a las relaciones de mercado y la acumulación de capital. No es una cuestión de sentimiento ni de lealtad; es un hecho material.

Los intentos de diluir esta realidad mediante falsas equivalencias no sirven a la clase trabajadora. La restauración capitalista revestida de lenguaje socialista, los sistemas regidos por la ley del valor y la acumulación de capital, o las formas de supervivencia estatal que no colocan en el centro la transformación de las relaciones sociales, no pueden ser tratados como sustitutos de la construcción socialista. Sean cuales sean sus diferencias, esos casos no alteran la verdad histórica central: Cuba se mantiene hoy como el único referente vivo del socialismo como proceso práctico y en desarrollo, no como símbolo conmemorativo del pasado.

Por ello, la defensa de Cuba trasciende los límites de la solidaridad con una nación asediada. Se convierte en una cuestión de responsabilidad estratégica hacia la propia clase trabajadora internacional. Permitir que Cuba sea aplastada, aislada o forzada a capitular no significaría únicamente la derrota de un país. Sería utilizado ideológicamente para cerrar el argumento de que el socialismo pertenece de forma irreversible a la historia, de que la clase trabajadora no tiene futuro más allá de la gestión de las crisis del capitalismo.

Defender a Cuba es rechazar ese argumento en la práctica. Es afirmar que el socialismo no es un capítulo cerrado de la historia, sino una necesidad nacida de las contradicciones del capitalismo, contradicciones que se intensifican en lugar de disiparse. Es defender la posibilidad histórica de que los trabajadores sigan siendo capaces de organizar la sociedad sobre bases diferentes, incluso bajo condiciones de presión extrema y hostilidad.

Por esta razón, la solidaridad con Cuba no puede ser episódica, simbólica ni retórica. Debe ser organizada, política y confrontacional. Debe cuestionar la legitimidad del bloqueo, denunciar el carácter criminal de la guerra económica y movilizar a las fuerzas de la clase trabajadora contra la agresión imperialista. Para los partidos comunistas y obreros, no es una cuestión de tono ni de preferencia. Es una prueba del internacionalismo mismo. En condiciones de agresión imperialista, la neutralidad no es una posición intermedia; el silencio se alinea objetivamente con el agresor.

No existe un terreno cómodo intermedio. O el imperialismo logra asfixiar a la Cuba socialista, o la clase trabajadora internacional afirma su capacidad de resistir, de aprender de las derrotas históricas y de reingresar en la historia como fuerza activa. Fidel Castro advirtió que las revoluciones no son destruidas únicamente por la fuerza externa, sino por la erosión de la solidaridad y de la confianza histórica. La defensa de Cuba hoy es, por tanto, una prueba —no solo para Cuba, sino para el movimiento obrero internacional en su conjunto.

Defender a la Cuba socialista no es una cuestión de sentimiento, sino una tarea histórica concreta de la clase trabajadora internacional: una tarea que debe cumplirse a toda costa.

* Nikos Mottas es el editor en jefe de En Defensa del Comunismo.